Hace cuatro décadas, Chile lo miró por tevé. Pero para lo que quiero invitarle a discutir con motivo de esta fecha, tendremos que retroceder en el tiempo no cuarenta sino cincuenta y dos años.

Así que de sopetón, la educación en ciencia y matemáticas se convirtió en prioridad nacional estadounidense. No, no eslogan de campaña electoral. Prioridad nacional. Menos de un año después del lanzamiento del Sputnik I, en el Capitolio se aprobó el Acta de Educación para la Defensa Nacional, que en lo medular incrementaba considerablemente el presupuesto de educación en ciencia y matemáticas, para ser impartida durante toda la primaria y secundaria. Además, científicos y pedagogos desarrollaron nuevos programas de estudio. La idea fue centrarlos en preguntas fundamentales —lo que se denomina ciencia básica— tales como: qué es el sol y cómo es que brilla, cómo se producen los terremotos y cómo se originaron la especies incluida la humana (esta vez en serio, sin serpientes parlanchinas, costillas, diluvios, arcas y otros elementos de mitología bíblica). También concluyeron que el aprendizaje debía basarse no en memorizar sino en realizar experimentos, con el fin de observar las leyes de la naturaleza en acción y poder deducirlas. La meta propuesta por Kennedy de poner un hombre en la Luna, y la misión Apolo 11 conmemorada en el día de hoy vinieron después. Y en importancia también, a mi modo de ver.
En Chile, mientras se desarrollaba la carrera espacial, nuestro problema —identificado y abordado por el Dr. Fernando Mönckeberg— era la desnutrición infantil: el cerebro de un niño desnutrido sufre secuelas en su desarrollo que ningún programa educativo puede remediar, y más de la mitad de los niños que su equipo examinó en el país presentaba tales secuelas. Así estábamos. Cuarenta años después, a los niños palestinos —se podrá imaginar usted su día a día— les va mejor que a los nuestros (ya sin desnutrición) en ciencia y matemáticas. Así estamos.
Al parecer, desde hace poco más de diez años la idea para la educación pública ha sido más o menos la siguiente: hacer que los alumnos pasen más tiempo en la escuela, plasmada en la Jornada Escolar Completa (JEC), con equidad y masificación como principios fundamentales. En otras palabras, la idea de entregar algo más bien indeterminado —a juzgar por los resultados en tests internacionales— de forma igualitaria y al mayor número de niños posible. Si el objetivo principal de la educación pública chilena es disminuir la delincuencia juvenil y el consumo de drogas —lo que habría motivado la JEC— debería pensarse seriamente en aumentar la jornada a unas extenuantes quince horas diarias de modo que los alumnos lleguen a sus casas sólo queriendo dormir. Le sugiero investigar si su candidato para diciembre —quienquiera que sea— planea continuar en esa línea si llega a La Moneda. Si es el caso, le sugiero no votar por él.
Muchos —a lo mejor usted también— hemos pensado sobre lo bueno que sería si el Estado chileno fuera al rescate de los niños con talento pero provenientes de hogares con recursos insuficientes, ofreciéndoles un establecimiento de excelencia por región, con programas especiales, profesores de nivel internacional —léase si no hay suficientes aquí, se traen—, especialistas adicionales, infraestructura adecuada, etcétera. Recuerdo haber oído a Fernando Flores coquetear con la idea en algún momento, y en la actualidad a Marco Enríquez-Ominami. No pocos en la esfera política la rechazan por ser discriminatoria, como si discriminar fuese intrínsecamente malo. Y por supuesto, los mismos sostienen que entregar masivamente en partes iguales —aunque sea estiércol como postre— es intrínsecamente bueno. No le quepa duda, si nuestro país en algún momento realmente despega será a pesar de ellos.

Claro que para alcanzarla, tenemos que perseguir los objetivos agresivamente. De lo contrario, nuestros competidores que sí lo hagan —ya que la 'competitividad' está tan de moda— nos dedicarán en cuarenta años más esa vieja cancioncita futbolera: y ya lo ve, y ya lo ve, es para Chile que lo mira por tevé…
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